Experiencia personal con la IA

Esta es la historia de un diagnóstico que falló. El mío, el de la IA, y durante tres semanas, el de los dos a la vez.

Un paciente llegó a consulta con dolor en la zona anterior del tobillo. Los síntomas encajaban con una periostitis tibial leve, y una herramienta de IA —que además había desarrollado yo, para más inri— apuntaba en la misma dirección. Así que tiramos por el camino de siempre: punción seca, radiofrecuencia, reposo relativo, ejercicios de fuerza de tobillo. El protocolo que casi siempre funciona.

Tres semanas y tres sesiones después, nada. Cero evolución. Y eso ya debería haber encendido una alarma antes: una periostitis leve normalmente responde desde la primera o segunda sesión. Cuando un tratamiento que debería dar resultados no los da, solo hay dos explicaciones posibles: el diagnóstico está mal, o hay algo por debajo que no se está viendo. Tocaba dejar de insistir a ciegas y mandar a urgencias a por pruebas de imagen.

TAC y resonancia mediante, apareció lo que ni la exploración ni la app habían visto venir: un cuerpo libre en la zona anterior de la articulación tibioastragalina.

La parte incómoda

Aquí es donde toca ser sincero: el fallo no fue solo de la herramienta. Fue mío por no cuestionar antes una evolución que no cuadraba. Tres semanas sin respuesta es tiempo de sobra para haber parado y repensar, con o sin IA de por medio.

Y esa es la lección de fondo, más allá del caso concreto: una IA —la mía o cualquier otra— no sabe lo que no le has contado, ni ve lo que no es capaz de ver. Sirve para plantear una hipótesis razonable con la que arrancar. Pero cuando la evolución no acompaña, replantear, derivar o parar sigue siendo trabajo de quien tiene delante a la persona, no un patrón de síntomas. Eso no ha cambiado con la IA. Nunca fue trabajo suyo.

Lo que quedó de todo esto

El método de trabajo no cambió: hipótesis, tratamiento, reevaluación si no hay respuesta. Lo que cambió fue la exigencia con las preguntas por el camino.

Las banderas rojas se cuelan ahora antes en la conversación, con más peso del que solían tener. Las pruebas diagnósticas previas se preguntan más, y cuando existen, se miran las imágenes, no solo el informe. La ecografía propia entra antes en la ecuación, no como última opción.

Ninguna de esas costumbres depende de que la IA acierte o falle. Dependen de asumir que puede fallar, y de que ese fallo no debería tardar tres semanas en notarse. Las banderas rojas bien identificadas decantan el diagnóstico hacia la derivación antes de actuar en vano sobre la salud de alguien, y esa parte de la ecuación —acierte o no la herramienta— nunca deja de ser responsabilidad de quien trata.

Ese cuerpo libre en el tobillo no lo vio la IA. Tampoco lo vi yo a la primera. Lo que sí cambió es cuánto tiempo tardamos, la próxima vez, en darnos cuenta de que algo no cuadraba.